"VOLVER A LAS PALABRAS Y A LA SONRISA OLVIDADAS"

Por: CL PDG León Laura de Szakiel

Argentina

"Una idea equívoca de la pedagogía ha logrado que los jóvenes de hoy sean perfectos malcriados que, al renunciar al saludo, expresan su desinterés por el prójimo"... Tal el copete de la nota escrita por el Dr. Guillermo Jaim Etcheverri, Rector de la Universidad de Buenos Aires, y que fuera publicada recientemente por el diario "La Nación". Resumen perfecto de lo expresado luego en su artículo, duro pero dolorosamente cierto.

Y su lectura me llevó a recordar tiempos mejores... Tiempos en los cuales se nos inculcaban ciertas normas mínimas de cortesía, que había que acatar sí o sí. No por temor a la inevitable reprimenda de los padres o maestros, sino por el mucho peor castigo impuesto a los transgresores por sus iguales: el mote de "ordinario", el ser dejado de lado, sin jugar o esperando la invitación a un cumpleaños...

Porque en esos tiempos ser cortés, amigable, "educado", no era un mérito: era lo esperado, lo normal, lo necesario para poder avanzar. Era parte del contrato de convivencia diaria que uno tenía con todo el resto del mundo.

Y sin discusiones. Porque se suponía - y con toda razón - que uno no tenía derecho a lastimar a nadie. Y también se suponía que el respeto por el otro debía demostrarse con actitudes acordes. Y a partir de este razonamiento tan simple la cosa venía bastante fácil. Uno sabía que debía saludar, agradecer, pedir permiso o por favor. No como mera actitud formal desde la cáscara, sino porque nos habían hecho comprender el flujo de sentimientos que estas muestras traen aparejadas.

Nos enseñaron que el saludo cordial establece un vínculo desde el cual era posible el diálogo. Que cuando alguien nos daba algo lo hacía para complacernos, y aún cuando equivocados (¿recuerdan la bronca cuando alguien nos regalaba ropa para el cumpleaños?), debíamos agradecer teniendo en cuenta su buena intención, "para no lastimar a la Tía que te tejió el pulóver con tanto cariño..."

Y también se nos explicaba hasta el cansancio que pedir permiso o por favor no sólo era demostrar consideración por el otro: pronto entendíamos que con esas sencillas fórmulas era mucho más probable que obtuviéramos lo deseado pues habíamos llamado correctamente a la puerta del corazón del otro.

El hosco o agresivo no tenía lugar en nuestro mundo. Era un indeseable con el cual no nos juntábamos. Nadie le buscaba excusas en la falta de medios económicos, ni en la familia problemática, ni en la limitada capacidad intelectual: podías ser pobre, huérfano o burro... pero educado.

Más tarde, a lo largo de nuestra vida, fuimos descubriendo que esas sencillas fórmulas aún podían abrir muchas puertas e incorporamos algunas otras más complejas o sofisticadas. Y vimos que en muchos libros y en muchos seminarios sobre relaciones públicas, laborales, técnicas de ventas, etc... no faltaba un capítulo dedicado a valorar como factor de éxito la aplicación de normas básicas de cortesía.

Pero de repente, nos encontramos aceptando como moneda corriente el gesto huraño, la respuesta vulgar y la mirada torva. Nuestra calidad de vida se ve afectada por estas demostraciones de que al otro no le importamos. Justamente cuando la patética situación material hace más necesario que nunca el refugio de lo espiritual.

Tal vez no podamos cambiar todo. Pero indudablemente podemos cambiar algunas cosas. Y si nos equivocamos en nuestro papel de modelos, podríamos comenzar a revertir el proceso predicando con el ejemplo, tratando de volver a esas viejas y sanas costumbres. Transmitiéndoles a los otros, jóvenes o no tanto, nuestros sentimientos ante la demostración de su indiferencia.

Sin olvidar la sonrisa cálida y amable. Aunque más no sea para experimentar aquello que aconsejaba la siempre vigente Mafalda: "Comienza el día con una sonrisa... verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo...".