LA CRISIS

Por: Francesco Alberoni

 

Existen periodos en nuestra vida en los que perdemos nuestra habitual seguridad. Nos sentimos perdidos, desorientados.
Teníamos ideas claras, certezas. Ahora estamos llenos de dudas. Ya no sabemos si hemos hecho las elecciones correctas. Algunos resultados que nos llenaban de orgullo, ahora se nos muestran sin valor. Nos vienen a la memoria todos los otros caminos, aquellos que no hemos recorrido, aquellos que han tomado otros, y descubrimos que quizás era mejor que el nuestro. Nos remuerde la conciencia por aquellos a quienes hemos hecho sufrir inútilmente.

Es un momento de crisis, de sentirse perdido, de desorientación, de vacío. Alguien puede decirnos que es un ataque de depresión o de neurosis, para que se pase basta con un periodo de vacaciones, o un viaje, o un tratamiento breve. ¿Pero hay que combatirlo, evitarlo? ¿No es mejor aceptarlo, vivirlo, aprovechar la enseñanza que nos proporciona?

Cuando estamos comprometidos en una tarea no podemos dejar que la duda nos asalte, que nos envenene la incertidumbre. Debemos aferrar con firmeza el objetivo y ocuparnos sólo de los medios para alcanzarlo. Debemos convencernos de que tenemos razón y de que podemos tener éxito. Por otra parte, cuando siguiendo este método hemos tenido éxito, lo atesoramos y seguimos por el mismo camino.

Si en un restaurante los clientes aprecian particularmente ciertos platos, el cocinero seguirá preparándolos. Cuando un pintor ha descubierto una modalidad expresiva en la cuál se realiza y que gusta a los críticos, se abandonará a ella con placer. El científico que ha elaborado una teoría tratará de aplicarla a todos los casos que encuentre sin sentir la necesidad de buscar una alternativa.

Con el paso del tiempo, sin embargo, aquellas que antes eran modalidades para expresarse uno mismo y una nueva creatividad, poco a poco se terminan convirtiendo en costumbres, rituales. El cocinero se acostumbra a hacer los mismos platos de manera mecánica. No experimenta más nada nuevo. El artista se repite, se imita a sí mismo. El científico aplica su teoría a fenómenos nuevos y diversos que ésta no puede explicar. Antes su teoría era un instrumento de conocimiento, ahora le esconde la realidad. Todo lo que hacemos nace como apertura al mundo, brazos extendidos para acercarse y dar acogida.

Pero este movimiento se vuelve un ritual vacío. No nos expresa más a nosotros mismos, no nos une más con la vida.

He aquí por qué, periódicamente, necesitamos de una crisis. Algunas veces esta es consecuencia de un fracaso, de una bofetada brutal que la realidad, por demasiado tiempo descuidada, da a nuestras costumbres. Pero otras veces, la crisis madura dentro de nosotros porque nos damos cuenta de habernos esclerotizado, vuelto demasiado rígidos, de estar como muertos. Entonces puede llegar en la cumbre del éxito. Muchos autores han quedado insatisfechos de su obra maestra. Virgilio quería incluso destruir La Eneida.

Se desencadena en ese momento la necesidad de ver el mundo desde todos los otros puntos de vista que hemos tenido que abandonar para elegir el nuestro, de trascender lo que hemos hecho. Es una necesidad de novedad, de frescura, de vuelta a empezar que para realizarse debe arrasar con todo lo que existe de las estructuras en las que nos hemos realizado.

La crisis es el momento inicial, devastador, de la obra de renacimiento y de reconstrucción.

En la vida psíquica no existe un progreso verdadero sin estas discontinuidades en las que logramos ponernos en tela de juicio a nosotros mismos, es decir, lo que hemos hecho, lo que deseamos.

Al destruir nuestras posesiones, nuestras certezas, creamos el caos originario en el cuál todo se vuelve nuevamente imaginable y posible. Solo entonces volvemos a ser capaces de cambiar. Porque nos hemos vuelto ligeros, ingenuos y humildes.