VIDA DIRIGENTE O EL ARTE DE VIVIR

Gentileza del PDG Manuel Márquez Campos

Club de Leones de Torremolinos - España

Tercera parte

En entregas anteriores hemos hablado de la finalidad del liderazgo, de la meta hacia la que se orienta la acción dirigente, de la misión y cometido del líder, del propósito o  enfoque que justifica su existencia. Pero, fijando ahora la mirada en el soporte humano de todo este entramado, ¿cual es el rasgo esencial que califica para el liderazgo? ¿ qué es lo  que hace de una persona, hombre o mujer, un buen líder? ¿cuáles son las condiciones que hacen posible la existencia de ese ser excepcional que es el líder y cual el clima propicio para su gestación y formación? ¿donde está la esencia o el meollo vital  del arte de dirigir?

Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que lo fundamental en el líder es el carácter, el temple moral e intelectual.Ya de lo antes dicho se desprende que el liderazgo descansa en una cualificación interior,  en una serie de cualidades personales.  Pues el líder difícilmente podrá desempeñar su función  instauradora del orden y la armonía, irradiadora de luz y de fuerza, si previamente  no se ha hecho portador en sí mismo de tales realidades: si no es un ser fuerte y luminoso, si no posee dentro de sí  esa fuerza y esa luz que se supone tiene que difundir en torno suyo; si no se ha realizado en su propio ser el orden y la armonía que se propone instaurar en la sociedad. 

El liderazgo es ante todo cuestión de actitud interior, de talante ético, de manera de ver la vida. Consiste en un estilo de vida, en una manera de ser y de comportarse. Lo decisivo en el perfíl de un líder es su mentalidad, su manera de pensar, su modo de ver las cosas, lo cual se traduce automáticamente en una manera de ser y actuar, en un comportamiento y una línea de conducta. Lo que cuenta en el arte de dirigir es un carácter templado en la atmósfera de la Virtud.

Y ese carácter que define al hombre líder o a la mujer líder puede resumirse en una nota fundamental:  la nobleza, la magnanimidad, la grandeza  de alma o grandeza de corazón. Una grandeza interior que, a su vez , se concreta en la síntesis de sabiduría y amor, de inteligencia y bondad, de sagacidad y rectitud, de clarividencia y cordialidad. Lo decisivo en la actuación y formación de un líder – el líder está siempre formándose -  y su actuar es su formarse como tal líder – es el temple moral e intelectual; es decir su compromiso con el bien y la verdad, lo que es tanto como decir con el orden y la justicia.

Animado por el amor y la sabiduría, el líder se nos aparece como el ser noble por excelencia. Esa nobleza interior que posee como el más valioso patrimonio de su persona es la que después irradiará en torno suyo, proyectándola  al mundo en el que vive para ennoblecerlo y hacerlo  más habitable. Y dicha nobleza se manifiesta en una doble  dimensión:  en la inteligencia y la voluntad. El líder tiene nobles ideas y nobles intenciones; piensa noblemente y quiere noblemente. Esta síntesis espiritual de sabiduría y amor es, en mi opinión,  la clave del misterio y la magia que emanan del liderazgo.  Es esa conjunción de la luz intelectual y el fuego  efectivo  la que da a la figura del líder su prestigio,  su encanto, su poder de atracción y seducción. Cuando más radiante sea esa potencia igneo-luminosa que brota de su ser,  mayor será su influencia como líder.

Allí donde no se dan todos estas cualidades básicas, es muy difícil que pueda producirse la eclosión de la flor áurea del liderazgo. Es imposible que un ser innoble, malnacido, pueda ser un buen líder. Hay una contradicción insalvable entre el liderazgo y la indignidad, entre el estilo dirigente y la miseria moral. Es evidente que si en un individuo no se dan esas dos cualidades o fuerzas interiores que son la inteligencia y la bondad, será sumamente problemático que pueda llegar a ser un verdadero dirigente. Un buen líder necio, ignorante, loco o insensato resulta poco menos que inconcebible. Y no menos absurdo resulta pensar en un auténtico líder que sea un ser perverso, animado por la maldad, la perfidia o el odio. Dicho con otras palabras, nuestra razón se niega a aceptar que un buen  dirigente pueda ser una mala persona.  Cierto que la historia nos ofrece muchos casos de demencia en los dirigente o de su perversidad y crueldad, y en la vida de  todos los días tenemos que padecer a  menudo las consecuencias de actuación de jefes poco cuerdos o tontos de remate, pero nadie  con dos dedos de frente se atreverá a afirmar que tales individuos deben ser considerados  como figuras dirigentes modélicas.

Pero una vez  que ha quedado bien sentado que el líder viene definido por el carácter, lo que es tanto como decir la mentalidad o la actitud ante la vida es importante subrayar que dicho carácter, dicha mentalidad o actitud ante la vida, se puede aprender. Como decía Aristóteles, “el carácter  se aprende al igual que se aprende un oficio”. Sabia observación , que aquí cobra significación especial si tenemos en cuenta que a lo largo de estas líneas nos referimos al liderazgo  indistintamente como oficio y como carácter, como arte y como modo de ser.

Esta es la gran verdad a la que hay que abrir  paso, con todo lo que supone  de promesa y de advertencia: el carácter dirigentes  es susceptible de aprendizaje; no es algo que  venga ya dado, sino algo que se aprende. Esto implica dos cosas:  primera, que podemos hacerlo nuestro, aunque ahora todavía no lo poseamos; segunda, que hay que conquistarlo mediante un paciente esfuerzo. Podemos y debemos aprender el carácter dirigente; es nuestro deber aprenderlo, formarnos en él.  Es este quizá el  postulado más importante  y el más  preñado de prometedoras realidades por lo que  a la cuestión del liderazgo se refiere, y ciertamente aquel  que tenemos  que tener presente en todo momento si queremos avanzar en el camino del arte de dirigir.

De hecho, el aprendizaje del carácter dirigente  es el núcleo del arte del liderazgo.  Un buen líder es precisamente aquel  que se embarca de manera resuelta en la aventura que supone dicho aprendizaje, cueste lo que cueste. Seré un líder o dirigente como Dios manda en la medida en que me esfuerce por aprender, por asimilar, por incorporar a mi ser las virtudes y cualidades que forman el carácter dirigente. Sólo quien ponga todo su empeño en formarse en esa escuela del estilo dirigente podrá alcanzar la cima del arte de dirigir y llegar a ser un  líder  hecho y derecho.

Son o no son aplicables estas normas a los líderes leonísticos?

VIDA DIRIGENTE O EL ARTE DE VIVIR

Cuarta parte

El arte del liderazgo es el arte de la vida. Liderazgo significa, en última instancia, habilidad y destreza para moverse con acierto en la vida; o sea sembrando   en ella felicidad para uno mismo y para el prójimo.

La vida humana es esencialmente proyecto, empresa, misión quehacer, tarea a realizar. Y la acción dirigente consiste precisamente en forjar y realizar proyectos, en planear y dirigir empresas, en organizar y llevar a cabo con la mayor eficacia posible determinadas misiones o tareas.Para que la vida cobre pleno sentido y adquiera plenitud tiene que vivirse como un proyecto  realizador de altos valores y lleno de contenido, ha de convertirse en una empresa sugestiva tanto para el que la vive  como para aquellos que con el conviven. Y ello exige adoptar una actitud  de liderazgo. Todo lo contrario de esa actitud pasiva y gregaria,  de abandono y rendición, que por desgracia resulta tan común entre los seres humanos. La antítesis radical de ese anegarse en el rebaño y ese dejarse llevar por la inercia o por las propias apetencias que caracterizan la vida del hombre-masa (o de la mujer-masa).

Nadie puede dejar que su vida se la den hecha; cada cual tiene que hacerla y rehacerla continuamente , día tras día,  momento a momento,  con sus propias decisiones con su inteligencia y voluntad , si quiere que la suya sea una vida realmente humana. No podemos tolerar que nuestra vida  nos venga dictada por los órganos de poder. No podemos tolerar un vivir sin proyecto , sin horizonte alguno, sin brújula ni norte que guíen nuestros pasos, como entes inertes y acéfalos o como sacos que son llevados de aquí para allá, como cuerpos sin decisión ni mando propio  que van al garete arrastrados por la corriente.

Sólo es buena vida la que está bien dirigida. Sólo vive bien quien dirige bien: entendiendo por supuesto, las expresiones “buena vida” y “vivir bien”  no en el sentido materialista, individualista y hedonista con que suele usarse, sino en su sentido  fuerte, pleno  y genuino, como lo indica la referencia al bien y a lo bueno. Solo puede dirigir como es debido quien tiene bien planteada su vida, quien la ha enfocado y organizado de manera correcta.

Pero no hay que olvidar que la vida del hombre es esencialmente una vida social, comunitaria.  Se proyecta hacia una comunidad en la que se inserta,  de la que se nutre y a la cual sirve, siendo a su vez auxiliado por ella. Para el hombre,  la vida es convivencia; vivir es convivir. No vivimos solos, sino que  con-vivimos , vivimos con otras personas, de las que necesitamos y que nos necesitan. Por eso, el arte del liderazgo es el arte de convivir, el arte de hacer posible la convivencia entre los seres humanos  para integrarlos en un proyecto común. Saber dirigir es saber convivir y saber crear las condiciones de una convivencia sana y vigorosa. La labor del líder tiene una proyección  eminentemente comunitaria: consiste en la coordinación de los dos polos en la que se articula,la vida humana, el personal y el comunitario; por un lado la educación de personas y, por otro, la constitución de una auténtica comunidad unida   por lazos de respeto  y solidaridad. La suya es una acción ordenadora del magma  social, creadora de vínculos de unidad propiciadora de sólidas relaciones personales que hagan posible la  vida en común. Un buen líder o dirigente, es ante todo, un forjador de convivencia.

Vivir y ayudar a vivir: he aquí la fórmula  que resumen  la actitud existencial propia del auténtico liderazgo. Ayudar a vivir  a los seres humanos  y a las comunidades que forman; ayudarles a disfrutar de la vida, a sacar provecho de ella, a vivirla lo mejor posible. Por eso no puede dirigir bien quien no sabe disfrutar de la vida, quien es incapaz de sacarle a la vida todo su jugo y hacerle dar fruto.

Para sobrevivir en el mundo del caos y la inestabilidad, para poder hacer frente  con éxito a los retos que plantea esta era inhumana, no hay otro camino que el camino del liderazgo. Es este el sendero que forzosamente  habrá de recorrer todo aquel que quiera permanecer  en pie en medio del actual ambiente de ruina moral,  de desfallecimiento y somnolencia. Quien no quiera resignarse a vivir perpetuamente manipulado, siguiendo la borregil marcha de la manada,  siempre a merced de lo “que se dice”, “se hace”, o “se lleva”, tendrá que encauzar sus pasos por la vía de la vida dirigente; vía ciertamente dura y difícil,  pero al mismo tiempo bella, ilusionante, cargada de grandes riquezas y alegrías, rebosante de los más nobles placeres.

Para realizarnos como personas, para vivir una vida digna y libre –y con más razón en una época caótica como la presente- , tenemos que lanzarnos sin vacilación  por el camino que conduce a las altas cumbres donde  vive y respira el líder. Tenemos que aprender el arte de dirigir, tenemos que ser líderes y vivir como tales. Esta es la única  respuesta  posible en esta hora de crisis. El único camino no sólo para que la zozobra general no nos arrastre, sino también, y  lo que es todavía más importante, para cumplir con nuestra misión en esta vida y contribuir a la construcción de un mundo mejor.

 No hay que perder nunca de vista  que esa afirmación del ideal dirigente es la condición indispensable para cualquier acción  rectificadora del actual desorden. Sólo una recuperación  de los valores y principios del liderazgo puede permitirnos actuar sobre este mundo en declive, aportar soluciones en la medida de lo posible y ofrecer una alternativa viable al caos imperante. Sólo sobre la base de una previa afirmación de todo lo que en sí encierra la figura del líder será posible llevar a cabo una acción correctora  que mitigue los males que aquejan  a la humanidad actual.

¿No es esta la filosofía leonística que lleva a que cada Club sea una escuela de líderes? ¿no intentamos en el  Leonismo forjar líderes  que lleven la prosperidad y el bienestar a su comunidad?

Vamos pues a entrar en el camino del liderazgo. Descendamos al terreno práctico y vemos, de  manera lo más sencilla y sistemática posible, en que consiste ese arte de dirigir  del que tanto necesitamos.  Tratemos de precisar cuales son los elementos que configuran el modo de vida dirigente, cuáles son las cualidades y los rasgos de carácter propios del líder y cuál es el procedimiento o la vía a seguir para forjar dicho carácter.

Y ahí están como clave : objetividad; saber hacer; saber hablar; saber escuchar;  saber pensar; reflexión, comunicación;  responsabilidad; humildad ; sentido del humor; flexibilidad; valentía; formación; autodominio; generosidad; gratitud;  claridad; lealtad; confianza; amabilidad......