Tranplante de Corneas

Soluciones para ver mejor.

 

El primer transplante de córnea se realizó en 1906, cuando el oftalmólogo Eduard Konrad Zirm intervino quirúrgicamente a Alois Glogar en Checoslovaquia. Desde aquella primera experiencia hasta ahora, las técnicas se han ido perfeccionando a tal punto que hoy es una cirugía que se practica en todo el mundo y con muy buenos resultados.

La cirugía es relativamente simple. Dura alrededor de una hora, requiere anestesia local y un postoperatorio ambulatorio. Esto sumado a que la probabilidad de rechazo es baja (ya que la córnea no tiene vasos sanguíneos), hace que el 90% de los transplantes sean exitosos. Sólo en los Estado Unidos, desde 1990 se realizan anualmente alrededor de 40.000 queratoplastías - tal es el nombre técnico del transplante de córnea -, según las estadísticas del Eye Bank Association of America.

"La queratoplastía es el procedimiento más exitoso y las técnicas se mejoran constantemente. Básicamente, consiste en remover la parte central de la córnea del paciente y reemplazarla con la córnea de un donante", afirma el Dr. Alberto Zambrano.

La córnea se puede comparar con la superficie de vidrio de un reloj ya que es la lente que está delante del ojo. Junto con el cristalino forma parte del sistema de enfoque: permite que los rayos pasen hasta el interior del ojo para que se enfoquen en el cristalino y se forme la imagen en la retina. Por eso, y para una visión óptima, es indispensable que sea transparente.

En el quirófano. El Dr. Rubén Arias explica que "la cirugía se realiza con anestesia local, con monitoreo intraoperatorio. Se extrae el botón corneal con un instrumento que se llama trepano. Para separar la córnea del iris y del cristalino sin lesionarlos, se utiliza una sustancia de alta densidad llamada viscoelástico que se coloca dentro del ojo. Por su transparencia y gran consistencia, permite trabajar sobre un margen de espacio seguro".

Luego de extraer el tejido enfermo, se toma la córnea donada y se la coloca sobre el visco elástico en el orificio efectuado y se sutura. "Al ser un tejido avascular la adherencia en los bordes no es la misma que los tejidos con vasos sanguíneos que aportan una serie de tejidos fibrosos. Recién pasados seis meses de la intervención se sacan los puntos para evitar que en la manipulación se despegue algún borde de la córnea", amplía Arias.

Todo el procedimiento se realiza bajo visión microscópica. La cirugía dura entre 30 y 40 minutos. Concluido el trabajo dentro del quirófano, el paciente se controla en una sala de recuperación durante una o dos horas y luego se otorga el alta. Como protección, se le coloca un parche que cubre el ojo.

El tiempo que la persona debe permanecer con el ojo tapado es variable porque al colocarse el injerto queda una zona central que no está cubierta por el epitelio (la capa de tejido externa de la córnea) y transcurren varios días antes de que se genere el nuevo tejido. "Para que se produzca la epitelización, se cubre el ojo o se coloca un lente de contacto terapéutico", aclara el cirujano.

Luego del transplante la visión inicialmente es borrosa. Algunas personas experimentan dolor y molestias después de la cirugía y la incapacidad laboral varía de acuerdo al trabajo de cada persona. En el caso de una actividad sedentaria, que no requieran esforzar la vista, se puede reincorporar en una o dos semanas.

Después de quitar los puntos, la córnea se redondea y puede suceder que el ojo quede con un astigmatismo leve y esto se debe a que es muy difícil que todos los puntos queden exactamente iguales. Pasarán varios meses antes de que la visión se estabilice y que se le puedan prescribir gafas o lentes de contacto.

Además, después de la cirugía el ojo queda debilitado para resistir un traumatismo, por eso hay que evitar posibles actividades donde se puedan recibir golpes. Se recetan antibióticos antinflamatorios y se controla periódicamente al paciente.

"Es fundamental que el paciente informe inmediatamente a su oftalmólogo sobre cualquier síntoma. Esto es importante para evaluar algún índice de rechazo que en otros órganos generalmente se produce por incompatibilidad entre el donante y el receptor por la mediación de células sanguíneas. Como la córnea no tiene vasos, esta posibilidad es muy baja pero puede suceder y, según el grado de rechazo, se trata al paciente con corticoides en forma de comprimidos, colirios o inyectables", explica Arias.

Enfermedades y diagnóstico. En general los trastornos que se generan en la córnea se deben a una opacidad que dificulta u obstruye el paso de la luz, o a una deformidad que provoca que la imagen no se forme correctamente en la retina.

"Los síntomas dependen de la afección en particular de cada caso pero, los más característicos son disminución de agudeza visual y turbidez en la visión; algunos pacientes ven fuera de foco y tienen fotofobia (aversión a la luz). En general, la visión de una persona con la córnea dañada es turbia", afirma Zambrano.

Son tres las causas que pueden afectar la córnea y alterar la transparencia que la caracteriza: por infecciones (herpes, bacterias, absceso de cornea y virus son los más frecuentes); por traumatismos (golpes, heridas, cicatrices, quemaduras, etc.); o distrofias.

Las distrofias son enfermedades de origen genético que aparecen, por lo general, después de los 20 años y hacen que la córnea se vuelva opaca o se deforme. El queratocono es una de la las deformidades típicas de la córnea y consiste en una alteración bilateral de su curvatura (normalmente esférica) que se vuelve cónica y provoca grados de miopías y astigmatismos muy elevados.

Zambrano explica que "si el problema se debe a la forma de la córnea, se puede solucionar con lentes de contactos; si tiene una infección se lo trata con antibióticos. El transplante de córnea se recomienda cuando el problema no se pudo resolver con los métodos anteriores".

En casos infecciosos lo mejor es esperar que el paciente se recupere de la afección y luego realizar el transplante, pero a veces la córnea está muy enferma y puede llegar a perforarse; en esos casos la intervención debe efectuarse de inmediato. Este transplante tiene la finalidad de curar la infección (se lo denomina transplante tectónico) y luego se realiza un nuevo injerto para que la córnea quede transparente.

En casos de traumatismos el transplante se recomienda cuando aparece una infección, la lesión ha sido muy grave o la cicatriz compromete el eje visual (la línea imaginaria que va desde el objeto hasta la zona central de la retina en donde se forma la imagen). En este caso, habrá que esperar la cicatrización del ojo y, aproximadamente un año después, realizar la intervención.

Por otra parte, Zambrano señala que "si el paciente tuvo un virus o un herpes las probabilidades de repetición son muy elevadas, entonces hay que plantearlo y decidir la mejor opción de tratamiento".

El diagnóstico incluye el examen básico de consultorio, es decir, una biomicroscopía, que es un corte óptico que posibilita evaluar el espesor corneal desde el epitelio hasta el endotelio (la capa de tejido más profunda). Por medio de este examen se evalúa la transparencia del cristalino y la tensión ocular. Además se realiza una oftalmoscopía binocular para descartar problemas del segmento posterior del ojo (fondo de ojo).

También se observa la córnea con un microscopio, que se puede complementar con una topografía corneal (indica cómo está formada la córnea, su espesor, su curvatura, etc.). Otro estudio que se realiza es la microscopía especular, que sirve para observar el endotelio que es la capa responsable de que la córnea esté transparente. "Todos los pacientes que necesiten el transplante pueden hacérselo ya que en este tipo de intervención no existen contraindicaciones", concluye Zambrano. Pero enfatiza que en todos los casos, "los problemas de córnea deben diagnosticarse siempre en el consultorio del oftalmólogo".

El presente artículo ha sido realizado con la colaboración de los Dres. Alberto Zambrano MD, Cirujano Oftalmólogo · Presidente de la Fundación de Cirugía Ocular de Buenos Aires y Rubén Arias MD, Cirujano Oftalmólogo · Jefe de la Fundación de Cirugía.

 

Colaboración CL Gonzalo Retamal Moya